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Tradición y sincretismo en el Carnaval de Yauhquemehcan

CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN

David Chamorro Zarco
Cronista Municipal

Muchas personas tienen la idea de que así como existe una fecha precisa de inauguración de alguna obra pública, o un día específico de inicio y término de un período de gobierno, así debe haber necesariamente una fecha para la fundación de los pueblos, o para el inicio en la realización de alguna fiesta o tradición. En el caso de las prácticas sociales, es difícil, aventurado, impreciso, banal y hasta temerario el atreverse a señalar una fecha precisa para el inicio de la celebración de una práctica ritual, de una festividad religiosa o de una fiesta popular.

De esta manera, a decir verdad, no se puede establecer una fecha exacta en que se determine el inicio de la celebración de las fiestas de carnaval en Tlaxcala, y mucho menos en Yauhquemehcan. Lo que sí puede decirse es que música y danza son, exactamente igual que sucede en cualquier otro grupo humano de diferentes épocas y regiones del mundo, las artes más antiguas con las que el ser humano pudo expresar sus sentimientos y emociones. Allí en donde hay seres humanos, allí se encuentra la música y, por extensión, la danza.

De la misma manera que en cualquier otro núcleo humano, para nuestros antepasados, la ejecución de la música y la danza estuvo íntimamente relacionada con la ritualidad, esto es, con la conexión de elementos suprahumanos o divinos, a los que se quería invocar en un modo propiciatorio, para lograr beneficios en cuanto a la mejora y el bienestar del propio grupo social, para conjurar riesgos que implica la naturaleza y, ante todo, para pedir que la tierra fuera especialmente fértil, la cacería y la pesca muy propicias, y que así se asegurara la supervivencia del grupo humano.

Derivado de lo asentado por Fray Bernardino de Sahagún, tomado directamente de sus informantes de Santiago Tlaltelolco, y que constituye el primer estudio etnográfico completo de nuestra antigüedad mesoamericana, se deriva que los pueblos nahuas realizaban con regularidad diversas ceremonias en las que necesariamente estaba considerado la ejecución de danzas y música con fines ritualistas, en especial cuando se trataba de solicitar el favor de la divinidad en torno de hacer propicia la agricultura, pues no hay que olvidar que prácticamente todos los grupos humanos han girado, y lo siguen haciendo, en torno de la naturaleza y la fertilidad de la tierra.

Para nuestros antepasados, en consecuencia, era fundamental el sujetar la vida a los ciclos astronómicos, que a la vez significaban los cambios de estaciones y climas, para poder aprovechar mejor tanto los tiempos como los recursos disponibles. Ha habido diversos investigadores que han concluido la manera en que el mundo prehispánico giraba en torno del calendario agrícola y de cómo las principales fiestas dedicadas a sus deidades estaban determinadas en fechas específicas que coincidían con acontecimientos trascendentales de este devenir de la naturaleza y de la fertilidad de la tierra.

Cuando se dio el contacto con los españoles, particularmente con los religiosos franciscanos, estos hombres se dieron cuenta de que había muchas coincidencias entre las fechas de celebración de las deidades anteriores y las solemnidades en torno de los santos católicos. En realidad no se trataba de una coincidencia ligera, sino del producto de la explicación de que ambas religiones, agrícolas en su origen, giraban en torno de los mismos ciclos y las mismas fechas determinantes. Por eso fue relativamente sencillo el hacer los cambios para determinadas festividades en torno de los dioses prehispánicos, asignándoles una ,correspondencia católica, pues la variante era esencialmente menor, y se procuró cubrir todos los espacios faltantes y, desde luego, las fechas de gran trascendencia, con solemnidades católicas que sustituyeran el nombre de las divinidades anteriores, pero que en el fondo mantenían la misma dirección.

Esto nos explica de manera natural el por qué para ambas visiones del mundo acontecimientos como la llegada de la primavera, y la consecuente preparación de las tierras para los cultivos marcaba un nuevo ciclo para la vida en general. Si se piensa con un poco de cuidado, se caerá en el detalle de que muy cercano al equinoccio de primavera, se efectúa la solemnidad más importante del cristianismo, que es la resurrección de Jesús, porque esto representa la probanza de su divinidad, de la certeza de su fallecimiento, pero ante todo, de que es irrefutable su poder al haber vencido a la muerte, tal como había sido anunciado.

Para llegar a esta solemnidad, se pasa por la Semana Santa coma muy en particular por los días Jueves y Viernes Santo y Sábado de Gloria. Como todos nosotros sabemos a partir del Viernes Santo, se cuentan 40 días en retrospectiva, y a todo ese periodo se le considera de preparación y reflexión espiritual, llamado de manera común la Cuaresma, en donde se procuraba que las comunidades pasaran un buen tiempo de reflexión y de rezo para prepararse a la llegada de la semana mayor.

No resulta en nada extraño que estas festividades coincidieran con algunas celebraciones de las que efectuaban nuestros antepasados indígenas nahuas, y que, ante la llegada de la nueva religión, se asumiera un proceso de mezcla y asimilación de ambas cosmovisiones, para tener como resultado un catolicismo muy sincrético, no exactamente idéntico al canon romano que se exigía en la época, pero debidamente adecuado para que los primeros católicos de Tlaxcala y de la Nueva España pudieran adoptar con mucho mayor facilidad la celebración de los diferentes rituales y solemnidades católicas.

Desde la época de los primeros cristianos, aún bajo el imperio de Roma, se tenía noticia de la celebración de las fiestas bacanales, que igualmente tenían lugar en la misma época de la celebración de la cuaresma. Cuando la Iglesia Católica se hizo oficial, a partir del mandato del emperador Constantino en el siglo V, se dejaron de lado muchas prácticas, como esta celebración citada, pero quedó como reminiscencia una celebración en la que se daba el adiós a la carne, es decir, la concesión que la iglesia permitía a los feligreses para dedicar tres días a la fiesta y a la música con la condición de que a partir del Miércoles de Ceniza toda la comunidad quedara comprometida para efectuar las oraciones y ejercicios espirituales de preparación para la Semana Santa, y con ello vivir con fervor e intensidad los acontecimientos y misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo.

Esta práctica fue la que trajeron y admitieron los religiosos franciscanos en la región de Tlaxcala, y en general en toda la Nueva España, para que las comunidades pudieran dedicar algún tiempo al solaz y esparcimiento, antes de dedicarse por entero a la reflexión y a la ejecución de ejercicios espirituales. El carnaval, por tanto, desde el punto de vista estrictamente conceptual, responde a una práctica enlazada directamente con la religión católica; sin embargo, bajo el proceso sincrético o de mezcla de cultura y cosmovisión que ya hemos mencionado, se le unió a las celebraciones anteriores con lo que, a pesar de los parecidos, no puede hablarse de un carnaval estrictamente europeo en nuestras tierras, puesto que fue amoldado a las ideas, prácticas, recursos y posibilidades de nuestros antepasados.

La idea que tenemos acerca de la parodia que se hacía de las poblaciones, prácticas y modos de actuar de ciertos personajes españoles, parece haber sido cierta desde al menos principios del siglo XVII en Tlaxcala, de manera que existen documentos procedentes de esa centuria en donde las autoridades llegaron incluso a prohibir por algunos años la realización del carnaval, al considerarlo como algo ofensivo y atentatorio a las buenas costumbres, entendiendo que sentían como ofensa la imitación grotesca de sus modos de ser y de actuar de parte de los que integraban las camadas o grupos en las fiestas carnestolendas.

No obstante el enojo de algunos gobernantes de poca tolerancia, las prácticas del carnaval parecen haber seguido de manera regular durante todo el período virreinal, teniendo la misma esencia que se consideró desde el principio. El siglo XIX para Tlaxcala marcó un periodo de transición muy importante en la realización del carnaval, derivado de que hubo contacto con otro tipo de culturas y se pudo presenciar música y baile que, sobre todo en la época porfirista, se importó desde Francia, por ser lo que se encontraba de moda entre las clases encumbradas. De esta manera, las familias de los hacendados, de los dueños de las fábricas –primordialmente textiles–, y los gobernantes de la época, dieron paso a la celebración de bailes muy elegantes que se efectuaban en salones construidos especialmente para tal efecto, y en donde la realización de las danzas era algo perfectamente articulado, es decir, en donde participaba una gran cantidad de parejas, efectuando diversas coreografías precisas y simétricas, al ritmo que marcaba la música del momento.

Salvo algunas excepciones en la realización del carnaval en Tlaxcala –pues se entiende que no en todos los pueblos se tiene ni la misma música ni la misma vestimenta ni el mismo tipo de ejecución dancística–, se adoptó a las cuadrillas como una coreografía general, es decir, las parejas se formaban en un cuadro o rectángulo y efectuaban diversas evoluciones, encontrándose en el centro, regresando a su sitio, haciendo subgrupos y volviéndose a integrar, lo cual es en esencia lo que hasta este momento se sigue efectuando.

Aunque ha habido variaciones muy significativas en la música, y considerando que los sones y jarabes tradicionales, que se venían ejecutando en la Tlaxcala virreinal y de la primera mitad del siglo XIX se mezclaron con valses, chotises, mazurcas, polkas y, desde luego, con bailes tradicionales españoles como la jota y piezas que hoy se conocen como taragotas, marchas, francesas y lanceras y que en este sincretismo cultural y mezcla de ritmos, constituyen el día de hoy la esencia de la música que se ejecuta para las camadas de Huehues.

Un comentario muy concreto lo merece la vestimenta de las camadas de Yauhquemehcan, puesto que, de conformidad con lo que se tiene recogido por testimonios orales, en las décadas anteriores los trajes eran sencillos, habitualmente con ropa común, apenas completada con máscaras de cartón, bonetes hechos de varas recogidas en el campo y adornadas con listones o pedazos de papel de china o crepé. No obstante, la mejoría económica que se vivió en nuestro país y en nuestra región, particularmente después de la década de 1940 –a lo que en economía se conoce como el milagro mexicano–, terminó afectando sensiblemente la manera de vestir de quienes integraban las camadas, comenzando a confeccionarse trajes de terciopelo bordados con chaquira, canutillo, cascabeles, perlillas y otras muchas aplicaciones, evolucionando con el tiempo hasta llegar a ser lo que el día de hoy constituyen los trajes verdaderamente suntuosos y admirables que le dan imagen y referencia a las camadas de Yauhquemehcan.

Un último detalle en este brevísimo e impreciso artículo de recuento, tiene que ver con la integración de las mujeres a las camadas de Huehues, pues con anterioridad a la década de 1960, la comunidad no admitía que las señoritas pudieran integrarse a la ejecución de las cuadrillas. Parece haber coincidencia en que fue a partir de 1964 o 1965 en que algunas mujeres comenzaron a correr el riesgo de integrarse a las camadas y, dentro del marco de los cambios que en general estaba viviendo el mundo con el proceso de la liberación femenina, resultó una práctica socialmente agradable y en muy poco tiempo las camadas se hicieron equitativas, es decir, se conformaron por igual de hombres y de mujeres.

Hay un comentario interesante que algunos vecinos han externado en torno de los Huehues procuraban mantener absolutamente oculta su identidad, esto quiere decir que trataban de no mostrar su rostro bajo ninguna circunstancia. Comentan algunos que incluso eran capaces de que a la hora de comer se retiraban lo suficiente para ingerir sus alimentos absolutamente a solas, con tal de mantener el secreto de su identidad, lo cual daba un toque mucho más interesante s lo que se vivía dentro de las mismas camadas

También hay que añadir que lo mismo que la vestimenta, la integración de los grandes penachos, el uso de máscaras elaboradas de maderas finas y la integración de las mujeres a la vida comunitaria de las camadas, la música también ha presentado cierta evolución significativa, no sólo en cuanto a los instrumentos con que se ejecutaba, siendo inicialmente con instrumentos de cuerda tales como la guitarra, el guitarrón, el salterio, el violín y a veces hasta el banjo, y que en la actualidad se han integrado instrumentos como los metales –trompetas y saxofones–, batería y bajo eléctrico para marcar los ritmos, y los teclados electrónicos para hacer la concentración de todos los sonidos y en muchas ocasiones depender en máximo de tres ejecutantes para acompañar a los Huehues en sus danzas, e incluso de un solo ejecutante.

Como puede apreciarse, la evolución del carnaval de Yauhquemehcan y de Tlaxcala ha sido largo, y en muchas ocasiones impreciso en relación a acontecimientos, fechas, evoluciones e integración de nuevos elementos. Lo que sí se puede sacar en limpio, a manera de conclusión, es que el carnaval en nuestras comunidades tiene siglos de antigüedad, que se trata de una festividad esencialmente sincrética, es decir, que ha mezclado a lo largo del tiempo diferentes elementos culturales, y que se le puede considerar como la fiesta popular más importante de Yauhquemehcan, particularmente por su capacidad aglutinadora en torno de la población, esto es, por integrar no solo a los danzantes, sino también a sus familias y al pueblo en general en una celebración que combina historia, tradición, sensibilidad artística, grandeza artesanal, orgullo identitario, alegría sin límite y grandiosidad cultural.

Por encima de todas las opiniones –todas ellas válidas y bienvenidas, enriquecedoras y valiosas–, está la esencia de que en Yauhquemehcan el carnaval se vive con una intensidad pocas veces vista en el devenir general de nuestra vida, y que es una tradición que seguramente pervivirá durante muchos años, pues está pintada –como el trabajo que hacían los antiguos tlacuilos–, en el corazón mismo de los pueblos de Yauhquemehcan.

¡Caminemos Juntos!

#AyuntamientodeYauhquemehcan #Tlaxcala #Yauhquemehcan David Vega Terrazas

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